El Racismo en el Lenguaje contra las Identidades Negras, Segunda Parte

 

El Racismo en el Lenguaje contra las Identidades Negras, Segunda Parte

Por: Jonh Jak Becerra Palacios
Antirracista accionante de la T-572-17

Resumen

El lenguaje no es un instrumento neutral ni inocente. En la cotidianidad, las palabras reproducen jerarquías, humillaciones y heridas históricas. Siguiendo a Achille Mbembe, el lenguaje se entiende como un dispositivo de poder que organiza el mundo según la “Razón Negra”, la cual impone un régimen de inferiorización sobre los cuerpos negros. Por su parte, Ngũgĩ wa Thiong’o, en Descolonizar la mente (1983/2015), demuestra cómo la lengua colonial se convierte en el vehículo más eficaz de dominación espiritual, cultural y psicológica. Desde mi experiencia como activista y sujeto negro en Colombia, este ensayo profundiza en cómo el racismo lingüístico niega la humanidad de quienes descendemos de África, incluso cuando lo hace bajo el disfraz de lo “cariñoso” o lo “cotidiano”.


1. Introducción: El peso de las palabras

El lenguaje tiene memoria. Cada palabra pronunciada contra un cuerpo negro lleva consigo siglos de colonización, desprecio y violencia. No se trata de meras expresiones coloquiales o “formas de hablar” —como suele justificarse—, sino de un sistema simbólico que organiza el mundo a través del sometimiento.

En mi cotidianidad he aprendido que el lenguaje no es inofensivo. En Bogotá, por ejemplo, es común escuchar expresiones como “mi negro” o “dígale al negro ese que está allá”. Recuerdo una escena en particular: trabajaba para A.R. Los Restrepos, y un compañero blanco-mestizo, desde el mostrador, gritó —“dígale al negro que está allá, al esclavo ese, que ellos solo sirven para ser esclavos”—.
No fue una broma. Fue racismo puro y duro. Lo intentó justificar como humor, pero detrás de su risa se escondía una estructura de poder que niega mi humanidad. Para él no era Jonh, era “el moreno”, “el esclavo”, “el otro”.

Ese lenguaje, como explica Achille Mbembe (2016), no solo describe la realidad: la fabrica. La “Razón Negra” crea categorías que asignan valor y no-valor, humanidad y subhumanidad. Así, cuando un sujeto blanco decide no llamarme por mi nombre, perpetúa una tradición colonial donde el nombrar se convierte en un acto de dominación.


2. El dispositivo lingüístico de la dominación

Mbembe (2016) sostiene que el lenguaje es una extensión del poder necropolítico, aquel que decide quién vive y quién puede ser desechado. En ese sentido, la palabra también mata: no físicamente, sino espiritualmente. Cada vez que se pronuncia “negro” como sinónimo de servidumbre, ignorancia o fealdad, se reafirma la jerarquía racial sobre la que fue erigido Occidente.

En mi experiencia, incluso los espacios laborales reproducen ese dispositivo. En otra empresa, un compañero me decía “el morenazo”, y una compañera, en un intento torpe de familiaridad, me llamó “mono”. Cuando le reclamé, se victimizó. Dijo que “no lo decía con mala intención”. Ese es precisamente el punto: el racismo en el lenguaje ha sido normalizado al punto de volverse invisible, de camuflarse bajo la apariencia de afecto o humor.

Como explica Mbembe, la Razón Negra funciona cuando logra hacer del racismo una costumbre, un hábito de pensamiento que ya no necesita ser declarado, porque opera silenciosamente en la gramática del día a día.


3. La alienación lingüística: Ngũgĩ wa Thiong’o y la herida espiritual

Ngũgĩ wa Thiong’o (1983/2015), en su célebre obra Descolonizar la mente, sostiene que el colonialismo no solo se impuso con armas, sino con palabras. La bala sometió el cuerpo, pero la lengua sometió el alma. En su contexto africano, la imposición del inglés sobre el kikuyu representó la negación de la identidad cultural y espiritual del pueblo colonizado.

Ese fenómeno no se limita a África. En Colombia, la lengua castellana y sus jerarquías raciales reproducen la misma lógica colonial. El lenguaje se convierte en un campo de batalla donde se decide quién merece dignidad.

Ngũgĩ advierte que la alienación comienza cuando el colonizado aprende a verse a sí mismo con los ojos del colonizador. Lo mismo ocurre cuando las personas negras interiorizan frases como “trabajo como negro para vivir como blanco”. Ese dicho, tan extendido en nuestro país, revela una herida psíquica: la de valorar la blancura como horizonte de éxito y la negritud como condena.

Fanon (1952), citado por Ngũgĩ, entendió este proceso como una condición existencial impuesta por el sistema racista y colonial. La lengua, entonces, no solo comunica, sino que define la frontera entre lo humano y lo no humano.


4. Testimonio: cuando la palabra hiere

Entre 2009 y 2013, en la empresa A.R. Los Restrepos, un conductor me dijo: “Los frijoles no son comida, el vallenato no es música y los negros no son gente”.
Esa frase condensó toda una historia de despojo y desprecio. En ese instante comprendí que el lenguaje racista no solo humilla: deshumaniza. Es la herencia directa del orden colonial que nos clasificó como “mercancías” en la trata trasatlántica y que aún hoy nos reduce a estereotipos, a sombras dentro del relato nacional.

Ngũgĩ lo expresó con claridad: la lengua es el vehículo de la cultura, y esta, a su vez, modela la imagen de lo humano. Cuando la lengua de la blanquitud se impone, se destruye la autoimagen, se hiere la dignidad, se roba la voz.

Por eso, descolonizar el lenguaje no es solo una cuestión académica: es un acto de supervivencia espiritual. Nombrarnos a nosotros mismos, desde nuestras lenguas, es recuperar la humanidad que nos fue negada.


5. El lenguaje como resistencia

La lucha antirracista en el campo del lenguaje exige una conciencia radical. Como señala el libro Racismo y lenguaje (Zavala & Back, 2017), el racismo se construye discursivamente y se normaliza a través de formas cotidianas de hablar. Resistir implica desmontar esa normalización.

Cuando cuestiono la manera en que los narradores deportivos se refieren a los jugadores negros —“qué golazo, mi negro”— y no usan el mismo tono con jugadores blancos o mestizos, no estoy siendo “susceptible”: estoy señalando una estructura. Esa diferencia lingüística perpetúa la idea de que lo negro siempre debe ser enmarcado, nombrado, señalado, marcado como excepción.

La respuesta suele ser la misma: “lo digo con cariño”. Pero el cariño colonial es la forma más sofisticada de dominación. Porque en nombre del afecto se perpetúa la desigualdad.


6. Conclusión: nombrarse para existir

Descolonizar la lengua, como lo propuso Ngũgĩ wa Thiong’o, es un acto de insurrección espiritual. Implica romper con las cadenas invisibles que atan nuestra mente a la gramática del colonizador. En el fondo, se trata de recuperar el derecho más elemental: el derecho a ser llamados por nuestro nombre.

El racismo en el lenguaje no es un accidente; es una arquitectura. Una que sigue sosteniendo los privilegios de la blanquitud criolla que, aunque diga “aquí no hay blancos”, no renuncia a los beneficios simbólicos y materiales de su posición jerárquica.

Por eso, nombrarse —mirarse, afirmarse, reescribirse— es resistir. Y resistir, hoy, sigue siendo una forma de existir.


Referencias

  • Mbembe, A. (2016). Crítica de la razón negra. NED Ediciones.

  • Ngũgĩ wa Thiong’o. (1983/2015). Descolonizar la mente: La política lingüística de la literatura africana. Debolsillo.

  • Zavala, V., & Back, M. (Eds.). (2017). Racismo y lenguaje. Pontificia Universidad Católica del Perú.

  • Fanon, F. (1952). Piel negra, máscaras blancas. Akal.

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